domingo, 29 de marzo de 2015

Silencio, parte 1.

Y escuché. Tal como la vida me había enseñado, como en aquellas veces que no hay más remedio que escuchar.
Hubo un silencio sobrecogedor que me heló en segundos las entrañas, que me recorrió la espina hasta la nuca y que mi garganta cerró como el perfecto remache para el que debe escuchar. La frase "Dos oídos, una boca" resonaba en mi cabeza con la voz de mi madre, quien solía decirlo para que yo callara y le prestara atención. La lección que debía asimilar era: Escucha antes de hablar.
Sólo que, en este momento, con la voz perdida y los sentidos agudizados, supe que esta vez la lección era: Escucha, no hables.
Y ahí me encontraba yo, con el alma desnuda y el deseo galopante de una roca bañada por olas de sentimientos encontrados, ahogada en la cobardía que tanto había postergado el encuentro hasta el cansancio, hasta que ya no pudo más. Justo entonces, se manifestó.Y ahí estaba él.
Aprovechó en ese momento el silencio para ceñirse con más fuerza y sentí como se me vaciaban las emociones como agua derramada. Quedé como un cuerpo inerte, que se mantendría en reposo, tal como Newton había predicado.
Frente a mí, a un vaho de distancia, estaba él. Fuerte, frío, sin máscaras, agresivo. Más frío, más fuerte y más violento de como lo recordaba cuando lo conocí, ya hace un tiempo atrás. Por fin, después de tantas huidas, tenía frente a mí, en una amenazante cercanía, a quién tanto temía y desea encontrar al mismo tiempo. A quien yo le había entregado mi libre albedrío cuando aún éramos infantes de preescolar.
Ver su intimidante sonrisa a tan solo unos centímetros fue suficiente para poder medir mi agonía en la escala Ritcher. No quería seguir viendo aquellos dientes, así que subí la mirada y me tope con un par de ojos obscuros; sus hipnotizantes ojos de depredador que, para antes de que pueda hacer algo, si es que aún tenía oportunidad, han dejado ya a mis músculos hechos puré. Soy una presa fácil.
Demasiado fácil para mi gusto.
 En mis oídos zumbaba entonces el silencio que tanto me había empeñado en escuchar, el que había hecho posible ese miserable encuentro entre aquella bestia y yo. La bestia me miró unos segundo más escrupulosamente y luego se irguió para mostrarse imponente y en todo su esplendor. ¡Vaya, era enorme! ¡Cómo fue que me permití alimentarla tan bien!
Decir que era presa del pánico, era poco.

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